jueves, marzo 4

Génesis




   Fue como despertar de un sueño, me sentía aturdida y desorientada, nada como la noche anterior. Mi cuerpo se sentía entumecido,  no respondía a las órdenes de movimiento, miraba con desconcierto el otro lado de la cama, deseaba incorporarme, ponerme en pie y dirigirme al tocador, pero no podía y me preguntaba por qué. Tan solo recordaba el último beso, la última caricia… de él. Tras unos minutos, que parecían horas para mi, me incorporé, mareada me dirigí al espejo de la cómoda dando tumbos, sobre ésta había un aguamanil  lleno, me lavé la cara y me refresqué el cuello y me sequé con la toalla que estaba junto a ella. La expresión de mi cara era como de asombro y desconcierto. Nunca me había visto tan desmejorada, mis pómulos resaltaban más de lo habitual, mis labios y el contorno de mis ojos tomaban un ligero color morado, como si hubiera estado semanas enterrada bajo el hielo de la antártida y mi piel ligeramente marmórea resaltaba todo aquello.

   Toqué mi cara, toqué mi cuerpo todo parecía igual pese a la apariencia reflejada en el espejo. Me acerqué a las ventanas, aún me costaba visualizar con claridad la habitación, estaba oscuro y borroso. Adelanté a mi cuerpo las manos hasta llegar a lo que parecían las cortinas, las corrí para ver el exterior, me froté los ojos para visualizar con claridad, abrí como pude una de las hojas del gran ventanal, me sentía débil y de hecho me costó varios minutos abrirla. El aire fresco me rozo el rostro con una gélida caricia, la noche caía ante mis ojos, las estrellas y la luna iluminaban aquella penumbra que se extendía más allá del horizonte. Todo estaba tranquilo.

   Ahora que podía ver con más claridad, me di la vuelta para ver la habitación iluminada por la noche. Ya no me temblaban las piernas, me dirigí a la mesita que estaba junto a la cama, allí reposaba un candelabro de dos brazos y sus respectivas velas, busque algo con qué encenderlas pero no muy lejos de donde estaba habían unas cerillas. Comenzaron a tomar fuerza y poco a poco se iluminó la estancia en donde me encontraba. No era muy amplia pero sí acogedora. Tenía una distribución muy extraña. La cama con dosel se encontraba en el centro de la misma sobre una tarima, las paredes estaban recubiertas de tela oscura de un verde apagado, el techo desdibujaba unas formas abstractas, y solo unos pocos muebles la revestían. En ese momento me sentí incomoda, no vestía las ropas de la mañana de ayer, solo un camisón de un color púrpura - ¡dónde estaban mis ropas! –me pregunté. Escudriñé la habitación en busca de mis ropas, me acerqué con paso decidido al armario que estaba postrado en la pared contigua a la ventana y lo abrí, estaba vacío. – ¿Qué había pasado? ¿Dónde están mis ropas? -  Comencé ha hacerme ciertas preguntas que no supe contestar ya que no recordaba nada sobre lo sucedido. Entonces me percaté de que sobre la cama, a los pies de ésta, habían dejado unas ropas, no las mías por supuesto, un traje escarlata y sobre este unos tocados que parecían decorados para el pelo de color perla, bajé la vista y en el suelo se encontraban unos zapatos acordes al vestido. El conjunto no estaba allí por casualidad. Decidí ponérmelo, ya que no iba a estar todo el tiempo con camisón.

   Después de acicalarme como pude comencé a ponerme todo aquello. Pasadas unas horas aquella no parecía yo. Me acerque al tocado y rebusque en los cajones, pero mi búsqueda fue inútil, alcé la vista al espejo, realmente… no me hacía falta era hermosa, no necesitaba nada en mi rostro que lo realzase. Mis ojos tomaron un tono azul cristalino, mi piel era de un blanco marmóreo pero bello, mi pelo se había oscurecido a un castaño oscuro con algunos reflejos púrpuras, mire mis manos con desconcierto, mis uñas eran largas como de porcelana, vi con mas claridad que mi rostro daba miedo pero su belleza me desconcertaba – ¿Qué me había ocurrido? - Una serie de preguntas comenzaron a acumularse en mi mente pero no conseguían respuesta. De pronto, comencé a notarme hambrienta, me rugían las tripas, la boca se me secaba hasta el punto de casi ahogarme, también estaba sedienta. Busqué con desesperación algo de agua pero solo encontré un vasito vació junto a la cama. Sentí que mi cuerpo ardía. Cuando todo aquello sucedía en mi soledad sentí que alguien se aproximaba a la puerta...

   Continuará...